Acerca de las percepciones y las ideas - Alejandro Lodi

Alejandro Lodi

(abril 2011)

«Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable». Me dijo esto apasionadamente y en un tono como si un padre dijera: «Y prométeme, mi querido hijo, ¡que todos los domingos irás a misa!». Algo extrañado le pregunté: «Un bastión ¿contra qué?». A lo que respondió: «Contra la negra avalancha», aquí vaciló un instante y añadió: «del ocultismo». (Carl Gustav Jung, “Recuerdos, sueños, pensamientos”).

El interlocutor en este diálogo que nos revela Jung no es otro que Sigmund Freud. La irremediable distancia entre ambos no es de ideas, sino de percepción. No se trata de un conflicto ideológico, sino perceptivo. La atracción de Jung por indagar en la pulsión hacia lo trascendente, su sensibilidad a la experiencia de lo transpersonal, desafiaba el sistema de creencias de Freud, para quien el registro de un mundo espiritual representaba el peligro de una “negra avalancha” que no haría otra cosa más que malograr el esfuerzo científico de “echar luz” al misterio del inconsciente humano. La percepción de Jung se arriesgaba más allá del límite perceptivo de Freud. Dar cuenta de la percepción de uno implicaba hacer entrar en crisis el sistema de creencias del otro.

Toda percepción se traduce en ideas, pero no toda idea necesita quedar inscripta en una ideología. No toda percepción se reduce a dogma. El dogma ideológico o religioso representa un sistema de creencias cerrado que condiciona la percepción. En el dogma, el contacto directo de la experiencia perceptiva es compulsivamente obligado a confirmar un complejo de creencias previas. Esa percepción directa de la realidad se transforma en una amenaza, en tanto es capaz de poner en crisis los supuestos perceptivos que organizan el sistema de creencias ya consolidado.

El sistema de creencias (ideológico, científico o religioso) surge de la necesidad de calmar el vacío de verdad. Existe una necesidad de creer. Es la humana reacción de desarrollar conceptos, imágenes o visiones que alivien el espanto de la incertidumbre existencial. Pero su costo es otra pesadilla: la cristalización de una verdad que pretende ser absoluta.

Tanto el credo ideológico como el religioso representan sistemas de creencias cerrados que cumplen esa función narcotizante: nos convencen de una verdad ya revelada y calman la angustia del sin sentido. La percepción es filtrada por ese marco de ideas, conceptos e imágenes. No obstante, tarde o temprano, la vida presenta alguna experiencia imposible de encasillar o de reconocer desde ese resguardo. Ese es el momento en el que el contacto directo con la realidad genera un impacto perceptivo que desborda nuestro sistema de creencias. Allí quedamos sumergidos en una crisis de fe.

Del mismo modo, también un estado alterado de conciencia o una experiencia cumbre pueden representar una vivencia perceptiva que va más allá de lo que nuestro sistema de creencias permite contener. Situación límite, estado de conciencia alterada oexperiencia cumbre representan contextos perceptivos que nos exponen tanto a la sensación de pérdida de referencias seguras acerca de qué es la realidad y a la locura (“la negra avalancha”) como así también a la posibilidad transformadora de un salto de conciencia. Ya sea uno u otro caso, esa experiencia de conciencia expandida nos permite constatar una dimensión de la realidad que, no sólo pone en duda, sino que disuelve nuestros supuestos inconscientes que creíamos verdaderos e incuestionables.

El dogma –espiritual, político o científico- es un conjunto de creencias que se sienten como verdades absolutas, sin reparar en qué supuestos están sostenidas, los cuales quedan entonces velados a la conciencia. Esa identificación con lo que siente verdadero implica que a partir de ese momento haya una necesidad afectiva-emocional de que la percepción coincida con ese marco de conceptos, principios y valores. Con esto, la libertad perceptiva queda condicionada por la necesidad de reproducir el dogma.

El dogmatismo necesita que toda percepción que difiera de la suya sea reconocida como parte de un “dogma aliado” o un “dogma enemigo” del propio mundo de creencias. Se pierde contacto con la lógica de una dinámica dialéctica entre percepciones e ideas –dinámica capaz de desarrollar niveles cada vez más creativos de percepción- y se instala en cambio la lógica de la batalla: la luz del dogma verdadero (la verdadera religión, la verdadera ideología, la verdadera teoría científica) debe vencer la oscuridad del dogma impostor, debe derrotar “la negra avalancha” de las creencias falsas. Las creencias ajenas al dogma verdadero representan una amenaza a la seguridad de la propia descripción del mundo.

Si bien es cierto que la generación de ideas a partir del impacto de la experiencia perceptiva resulta algo ineludible, la adopción de un sistema de creencias con el cual identificarse sí puede evitarse. Todos tenemos valores con los que traducimos nuestra percepción de la realidad y esto no necesariamente significa tener una ideología. Todos tenemos imágenes con las que representamos nuestra percepción de lo divino y esto no necesariamente significa tener una religión. Librarse de la asfixia perceptiva del dogma requiere tener el coraje de responder a lo percibido con espontaneidad, sin seguridades, arriesgándose al vértigo creativo del contacto directo con la realidad.

Desde lo astrológico, si vemos en el dogma un sistema de creencias cerrado, un modelo ya definido acerca de la realidad, estamos percibiendo la distorsión de la función jupiteriana cristalizada en una expresión saturnina. La búsqueda de sentido trascendente, la vital expansión hacia niveles de significado cada vez más incluyentes (Júpiter), queda convertida en el repliegue en un marco de seguridades que cuenta con el acuerdo de otros y el aval de autoridades externas (Saturno) y que permite sofocar la angustia del vacío de sentido.

Por eso, es crucial considerar este juego entre percepciones e ideas como una dinámica de relación. En este sentido -y volviendo a nuestro ejemplo del comienzo- antes que evaluar la conducta de Freud y de Jung en términos de méritos o dificultades personales, se trata de apreciar ese vínculo como la dinámica de una inteligencia perceptiva no personal, sino humana. ¿Qué significa esto? Si consideramos a Freud y a Jung como dos momentos o fases del viaje de la conciencia humana tratando de comprender el misterio inconsciente de la psique (esto es, del alma), acaso se nos haga visible que así como la intuición perceptiva de Freud desbordó el límite perceptivo del dogma científico de su época, luego la intuición perceptiva de Jung desbordó el límite perceptivo del dogma freudiano (el “bastión inexpugnable”) forjado en aquella otra intuición.

Por el contrario, en la lógica antagónica y excluyente de la polarización, la percepción cristalizada en un dogma necesita reducir a esa misma condición (de dogma) a cualquier otra percepción que amenace sus propios límites de registro sensible. Es por esto que Freud, antes que considerar la percepción de Jung como tal -tomándola como un desafío de expansión a sus propios bordes perceptivos-, necesita juzgarla como creencia o dogma: ocultismo.

Tengamos en cuenta que podemos usar la astrología como un lenguaje que confirma nuestro sistema de creencias. Pero también podemos descubrir en ella un universo simbólico que acompaña la expansión de nuestra percepción. Que ocurra una cosa o la otra no depende de la voluntad o de la sagacidad intelectual, sino de la madurez emocional. Nuestras ideas no están disociadas de nuestras emociones. Si prevalece el miedo a la falta de certezas y la angustia del vacío de sentido, entonces buscaremos confirmación de lo que ya creemos. Si prevalece la necesidad de abrirse a lo creativo, asumiremos la incómoda y vital transformación de la muerte de nuestras creencias.

Es la idea la que deriva del impacto perceptivo, no al revés. La percepción no florece de las ideas, sólo puede condicionarse a ellas. Y cuando lo que percibimos se restringe a lo que necesitamos creer, aparece tensión, necesidad de control y desconfianza a dejarnos atravesar por lo que nos ocurre. Cuando necesitamos que la realidad coincida con la idea que tenemos de ella, entonces ya no podemos escuchar lo que percibimos: negamos, reprimimos o proyectamos. Dejamos que el inconsciente –con su propia lógica- elabore esa energía, generando un destino vincular en el que finalmente habremos de encontrarnos con aquello que antes no quisimos atender. En casos extremos, la tensión entre “lo que se percibe” y “lo que se cree”, la negación de la evidencia perceptiva para poder seguir habitando creencias cargadas de afecto, puede llegar a distancias que toquen la psicosis: una construcción delirante de la realidad. Y aunque permanecer en ese mundo de creencias exija un enorme consumo de energía y provoque mucho más sufrimiento que el que generaría aceptar lo que se está percibiendo, el miedo a la incertidumbre prevalece y la fantasía de calma se impone.

El punto es si el hartazgo y la asfixia de sentido que provoca el dogma hacen que ya el miedo no ocupe el centro de la escena, o si, por el contrario, la necesidad de calmarnos ante la complejidad de lo que percibimos nos pide cerrarnos en ideas que nos dan seguridad convirtiéndolas en absolutas. Pero, más allá de una u otra posibilidad, es previsible que en algún momento de la vida –en una situación límite, estado alterado de conciencia o experiencia cumbre- nuestra sensibilidad al misterio transpersonal desborde necesariamente nuestras creencias. La contundencia de la experiencia vivencial necesariamente habrá de sobrepasar ese complejo de ideas, imágenes y valores que necesariamente habíamos forjado para organizar y hacer posible nuestra exploración de aquel misterio y darnos la seguridad capaz de serenar nuestra angustia de sentido.

El desafío para la conciencia es tolerar y disponerse a que nuestro sistema de creencias se mantenga abierto para ser inseminado por un principio trascendente que le habilitará un nivel aún más hondo de sensibilidad. Esto no es otra cosa que la relación dinámica entre Júpiter y Neptuno. Cuando este vínculo se polariza puede generars

  • O bien la ilusión de estar en contacto con lo sagrado sin intermediación de idea o creencia alguna. Es Neptuno excluyendo a Júpiter, confundiendo la representación simbólica de nuestras imágenes mentales con “la” realidad.
  • O bien la reducción de toda percepción al sistema de creencias, el filtro de todo registro de la realidad de acuerdo al marco ideológico o religioso constituido como verdad absoluta (y, por lo tanto, no sujeta a duda o cuestionamiento perceptivo alguno). Es Júpiter excluyendo a Neptuno, impidiendo cualquier percepción distinta a la que anuncia el dogma.

Tanto la ocurrencia de sostenerse en la experiencia directa (Neptuno sin Júpiter) como la de fortificarse en un sistema de creencia cerrado (Júpiter sin Neptuno) terminan por generar disociación en nuestro psiquismo y, en casos de máxima tensión interna, resultan tendencias potencialmente psicotizantes.

Ya se trate de un modelo ideológico o de un credo religioso, lo que allí se pone de manifiesto es una necesidad afectiva de creer en esas ideas, no un contacto espontáneo con el registro de la realidad. En el fundamentalismo se guarda sobre esas ideas una devoción militante y una disciplina militar. Su lógica es la fe en una autoridad superior guardiana del sistema de creencias. Esa autoridad custodia el modelo “que ya me dice cómo es la realidad”, al cual se supedita toda percepción individual. No hay símbolo, hay literalidad. Es una fidelidad necesaria para entablar la batalla contra los que distorsionan la realidad con percepciones que se juzgan (en el mejor de los casos) equivocadas o (en el peor y más común de los casos) deliberadamente tramposas y que engañan para favorecer intereses egoístas, profanos, inferiores. Percibir distinto es una afrenta indignante. Percibir distinto se convierte en herejía, traición o genuflexión. Percibir distinto genera sentimientos de culpa, trasgresión, miedo, exclusión.

Ahora bien, aunque es cierto que en el credo ideológico o religioso la percepción debe limitarse a reproducir el sistema de creencias, no obstante el psiquismo pugna por síntesis cada vez más incluyentes y conduce a la conciencia a participar de estados de percepción que le exigirán ir más allá del acuerdo perceptivo del dogma. Y en este punto es clave destacar que no necesariamente debe tratarse de estados alterados de conciencia o situaciones de vida extraordinarias, sino que esas percepciones pueden darse estando conscientemente atentos a la dimensión transpersonal de las experiencias cotidianas. En la sencillez de las actividades de cada día ya está presenteun nivel de significado que va mucho más allá de nuestras preocupaciones u opiniones personales. El simple discernimiento del momento presente resulta suficiente para poner en evidencia esa dimensión sagrada de nuestra vivencia y exponer la incapacidad de nuestro sistema de creencias para tolerar su vitalidad. Tal estado de atención consciente implica un nivel de expansión de la capacidad de registro sensible, y es esta mayor amorosidad la que nos exigirá resignificar ideas y transformar las imágenes mentales cristalizadas en el dogma.

Finalmente, cuando la conciencia es capaz de responder a niveles más sutiles de sensibilidad neptuniana, es un hecho que la cosmovisión de la realidad y el sentido de trascendencia jupiterianas entran en crisis. Es cierto que nuestras imágenes mentales, nuestros valores y principios, nuestras ideas y conceptos acerca de las cosas son necesarios para dar coherencia y dirección a nuestras percepciones. Júpiter colabora con Neptuno. Pero la apertura al contacto directo con la realidad y a la espontaneidad de nuestra percepción son necesarias para que nuestras creencias no se cristalicen y sean capaces de dar cuenta de lo vital. Neptuno colabora con Júpiter.

Cuando el dogma ideológico o religioso se impone a la conciencia se pierde contacto con esta dinámica entre percepción y creencias, entre registro sensible e ideas. Cuando Júpiter se “saturniza” se disocia de Neptuno: las ideas se tensan, pierden amorosidad y se tornan sentenciosas. La búsqueda de lo verdadero se convierte en “control de la verdad”. El místico se transforma en inquisidor, el idealista en fanático.

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