El complejo lunar en la carta natal

LA FIJACIÓN DE UNA IMAGEN

I.González/ A.Lodi/ H.Steinbrun

Cada ser humano, desde que nace, recibe impresiones de todo tipo provenientes de su medio familiar y social.

La conciencia registra esas impresiones y trata de organizarlas poco a poco, en el proceso que se ha denominado identificación. Esto es, el niño va elaborando una identidad (lo que Yo soy) a partir de lo que le transmiten las personas que lo rodean (habitualmente primero la madre, después el padre y luego, el resto de la familia). Llega un momento en el que se siente capaz de buscar confirmaciones y hasta de añadir otras evidencias, que descubre por su cuenta.

En un período no mayor de siete años, a reunido la suficiente información sobre su persona como para establecer una base operativa; ha creado una IMAGEN de sí mismo mas o menos coherente y responde a la vida apoyándose en ella.

Lo que sigue es un proceso de ajuste constante de esa imagen, para adaptarla a cada nueva realidad que se presenta.Sin embargo, y esto es lo notable, cuantos mayores sean los desafíos que le toca enfrentar y resolver, más tenderá a estabilizarse  sobre el terreno ya conocido, volviéndose renuente a descubrir otras posibilidades, otros recursos que aquellos que permanecen grabados en su psiquis.

0, más precisamente, a medida que crece, la persona se verá ante un dilema severo ceder a lo espontáneo, a lo que surge de sí misma como chispa creativa, confiando en el potencial con el que vino al mundo, o recurrirá al bagaje de gestos, conductas y acciones que ha venido almacenando desde los primeros años. 

Porque llega un momento donde todo aprendizaje se convierte en un riesgo para la supervivencia. Y la tentación de echar mano a lo conocido (por más se trate de fragmentos de una totalidad) realimenta la sensación de seguridad.

Amoldarse a lo que la sociedad va proponiendo, no hace más que reforzar esta tesis y todos reconocemos que años de escolaridad contribuyen a mantener adormilada buena parte de nuestra "naturaleza", a cambio de socialización y conocimientos.

Como quiera que esto ocurra, siempre habrá preferencias por mantener esa imagen con la menor alteración posible. En la edad adulta esto se convierte en una norma que permanece implícita aun cuando se presenten deseos de atreverse a lo desconocido.

El núcleo de esa imagen adquiere entonces suficiente solidez y permanencia como para que la mayoría de las respuestas vida provengan de allí, del repertorio ya transitado; aunque esos comportamientos sean esquemáticos, no válidos para la situación presente y conserven el aroma de lo infantil.

Justamente ese núcleo mantiene intacta la memoria de las experiencias que  la persona atravesó en la infancia, junto con las conductas que allí se manifestaron.

Este es el punto de mayor trascendencia para nuestro enfoque. Lo que venimos denominando integración de la conciencia depende francamente de nuestra habilidad para percibir en que medida permanecemos ligados a la imagen que forjamos sobre todo en el período más primario (los primeros siete años) o logramos superar nuestras dudas e inseguridades provocando cuestionamiento y reemplazo. En este sentido, la medida siempre es variable.

En algunas etapas, permanecemos atrapados más tiempo del que imaginamos o quisiéramos. En ciertos momentos logramos superar esas identificaciones y generamos otra clase de respuestas a la vida. Pero este proceso de reajuste viene planteado, no sólo por nuestra capacidad para darnos cuenta sino, primordialmente, por las presiones internas que pugnan hacia la  renovación,  tanto como por las experiencias que nos toca vivir en contacto con otras personas y con la realidad.

Lo que cualquiera de nosotros puede advertir es que quedamos demorados por más tiempo en los circuitos de relación. Es decir, que seguimos reaccionando con los otros, de maneras análogas a lo que quedó grabado en nuestra psiquis, en épocas muy tempranas.

Nuestra imagen es, antes que nada, imagen vincular como nos vimos, en relación con quienes nos rodeaban, cómo nos reconocieron esas otras personas.

Si permanecemos adheridos a esa imagen, nos volvemos previsibles, creemos ganar seguridad y reiteramos las viejas conductas; tratamos a los demás de maneras similares a como lo hacíamos en el pasado. Y, de ésa forma, terminamos por generar conflictos, dado que esas respuestas no son apropiadas. El conflicto no es otra cosa que la evidencia del error que estamos cometiendo.

En este sentido, integrar es reconocer que podemos soltar­nos de lo habitual, recuperar la espontaneidad y, por eso, iluminar otros espacios (internos y externos) de los que provienen res­puestas diferentes y mucho más eficaces.

Ahora, bien, lo que venimos describiendo como imagen está simbolizada en la carta natal por una serie de factores que for­man parte de lo que llamaremos complejo lunar. Pero podemos distinguir ya mismo; que no nos estamos refiriendo a la Luna como planeta astrológico, sino más bien a una mirada, propia de la conciencia en el estadio infantil, sobre determinados factores de la carta. O, más propiamente, a lo que cada uno de nosotros interpreta desde su propia imagen, cuando toma contacto con ciertos aspectos de su naturaleza.

Esa mirada  va cambiando cuando la conciencia es capaz de abrirse, crecer, unir los fragmentos. Los mismos aspectos son reconocidos de otras maneras, precisamente porque hay menos parcelación.

No obstante, el núcleo de la imagen resiste más de lo que admitimos, y lo hace a través del automatismo.

Es decir,  creamos hábitos, conductas que de tanto reiterarse se vuelven automáticas y, por eso, sólo registramos como nuestra manera natural de responder a la vida.

Lo interesante —en una nueva vuelta de tuerca— es que esas respuestas que se convierten en hábitos, no proceden de nuestra inventiva, no han sido creadas en virtud de los acontecimientos sino que son funcionales a ellos. En efecto, respondemos mucho más desde la memoria genética (la acumulación de experiencias en la historia de la vida humana sobre la Tierra) que desde la memoria inmediata.

Dicho de otra manera: lo que nos ocurre en la infancia nos remite a modelos, patrones de conductas que la humanidad ha venido recopilando y corrigiendo, según las características de cada época de la historia.

Venimos al mundo con la memoria de esos comportamientos, incluida en los genes. Y, eso, tales respuestas se han vuelto arquetípicas. Cualquier niño en cualquier lugar del mundo, que forme parte de una misma cultura o tradición, reaccionará de maneras análogas ante situaciones que guarden semejanza con las que ya están incluidas los archivos genéticos.

De manera que, romper con los hábitos, es romper con la tradición, con los modelos perpetuados durante siglos. Una hazaña que sólo es posible por momentos, ya que tenemos que balancearnos entre la dependencia indispensable y la oscura y anhelada libertad.

Cuando comprendemos que nuestro pequeño drama es el mismo drama que millones de personas han vivido a lo largo de la historia, desatamos una paradoja: queremos seguir perteneciendo a esa tradición v. también, diferenciarnos apartarnos de ella poniendo en juego nuestra posibilidad creativa.

 De ese modo, podríamos asumir que coexisten la mirada lunar     (mas los comportamientos habituales), para algunas áreas de nuestras personalidad y otra mirada, más abarcante, referida a las áreas restantes. La conciencia no termina de iluminar el sistema de hábitos para desmantelarlo. O bien, nuestro deseo de seguridad mantiene el control y los hábitos subsisten, creándonos problemas (a veces severos) en los vínculos con los demás.

Por eso, sería erróneo suponer que el proceso de integración es lineal: de la oscuridad a la claridad. Más bien se trata de conquistas parciales y renuncias o complicidades. Lo no consciente presionando para que la conciencia acceda. El núcleo de la imagen refugiándose para resistir.

EL COMPLEJO LUNAR EN LA CARTA NATAL

El complejo lunar está referido entonces, a todos los factores que entran en contacto con la conciencia en los primeros años de vida. Se desprende de ahi entonces que las áreas de la carta referidas al origen sean las más sensibles, las mas propensas a impactar la conciencia y definir la elaboración de la identidad primaria.

 Entonces hablamos del FC (la cúspide de la cuarta casa) , la propia cuarta casa y los planetas que allí se encuentran. Pero también -puesto que se trata de la emergencia y desarrollo del Yo - del signo Ascendente, la primera casa y los planetas que allí se ubiquen. Por supuesto la Luna su ubicación por casa y por signo y sus aspectos duros (conjunción, cuadraturam oposición, quincuncio, semicuadratura, sesquicuadratura) con otros planetas forman parte del complejo lunar.

Todos estos factores son interpretados por la conciencia infantil de una cierta manera. Los escenarios y las diversas escenas de ese mundo quedan registradas por la mirada lunar, siempre inocente y forzosamente parcial. Y sobreviven bajo esa pátina hasta que pueden ser re interpretadas desde otra perspectiva, naturalmente más adulta-

 ¿Por que hablamos de impresión o mirada lunar? porque la luna misma como planeta, refleja de mejor manera (por su propia esencia) ese mundo mítico , fantasioso, genuinamente instintivo de la infancia. Y también porque es el símbolo perfecto de los orígenes- el útero, el hogar, la madre, la familia-del pasado como herencia ancestral , de lo que ya no es pero reverbera en el presente. La Luna como factor específico de la carta va siendo reconocida de varias maneras, en distintos niveles de conciencia :

 -como lo instintivo y heredado

-como el espacio donde reposa la sensibilidad

-como la emocionalidad multiforme

-como la memoria afectiva

-como la posibilidad de proteger y contener a otros

Pero debemos agregar a esta lista otro factor con peso propio: el eje o plano circular de los nodos lunares poniendo atención a la característica del Nodo Sur, que se asocia fácilmente con la mirada lunar , ya los sucesivos impactos al Nodo Norte que nos muestran la posibilidad de mayor integración.

 

Fragmento del Libro: La Carta Natal como guia en el desarrollo de la conciencia autores I.González/ A.Lodi/ H.Steinbrun